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-Hacía mucho
frío esa noche. La habitación estaba en penumbra. Por la ventana se
veían caer miles de copos de nieve y en el alféizar se iban formando
pequeñas montañitas blancas. Hugo, de seis
años, no podía dormir, era la noche de reyes y tenía los nervios de
punta. Si no dormía a lo peor los Reyes Magos no le dejaban regalos, y
Hugo había pedido muchos regalos, para todo el mundo, especialmente
para sus amiguitos.
Cerró fuerte
los ojos, se arrebujó en las mantas y pensó que los Reyes ya estarían
llegando a Valencia.
Ya casi
conseguía dormirse, cuando una potente luz, procedente de la ventana,
iluminó todo su cuarto. Miró en esa dirección y, cuál no fue su
sorpresa, cuando asomado, casi escondiéndose, vio a un viejecito de
gran melena blanca y larga barba rizada. Le pareció que le hacía
señas para que se acercase.
Hugo pensó que
estaba soñando. Ante la insistencia del viejecito, se levantó de la
cama y fue a abrirle.
¡Qué guay!
dijo Hugo, "¡pero si eres Melchor! ¿dónde están los otros dos?
preguntó a la vez que buscaba con su mirada. Melchor se echó a reír y
le dijo: "¿Quieros verles?, pues ven conmigo. Ya sabes que esta
noche debemos visitar muchos lugares y tenemos mucho trabajo.
Agradeceremos tu ayuda"
Hugo dió un
salto y se subió a los brazos del Rey. Melchor le puso en su camello
color castaño. En un segundo ya estaba con Gaspar y Baltasar. Los Magos
estaban colocando sus sacos sobre los camellos cuando llegó Melchor.
"¡Pero si sois vosotros! dijo Hugo. "Seguro que tu eres
Gaspar" "Ja, y tú Baltasar". "Dejaros de charlas,
que hay prisa", gruñó Melchor.
Se colocarón
uno detrás del otro y salieron volando con los camellos. Hugo estaba
disfrutando del paisaje cuando de repente el frenazo del camello hizo
que abrazara fuertemente la cintura de Melchor.
"Primera
parada: Arabia", dijo Gaspar. "¿Arabía? !pero eso está muy
lejos¡, comentó Hugo. "No para nosotros, los magos de
Oriente". Y efectivamente, bajo la media luna brillante se veían
las puntas de las mezquitas.
Por las
callejuelas de la ciudad los Reyes se perdieron cargados con sus sacos
de juguetes. "Seguiré a Gaspar" dijo Hugo, y cargando con
otro saco, acompañó al Rey Mago. Entraron en las casas por las
ventanas, por los tejados, eso era lo más divertido. De vez en cuando
tomaba un poquito de leche o un dátil, la noche iba a ser larga, seguro
que los dueños no se enfadarían. Ya habían dejado los regalos en las
casas y volvían al desierto.
Hugo no dejaba
de pensar en sus amigos, cuando se lo contase, no lo creerían.
"Ahora elige tú", dijo Gaspar a Baltasar: "Segunda
parada: Kenya", dijo Baltasar imitando a Gaspar: Montaron de nuevo
en sus camellos y cuando divisaron un poblado de chozas de paja
iluminadas por una fogata aterrizaron.
En ese momento,
Hugo sintió algo extraño...
Era el calor.
Como podía hacer tanto calor en Navidad y ¿como podían dormir los
niñitos con tanto calor?. Mientras tanto Baltasar dejó un tam-tam a
Bula Bula y dijo ¡Qué feliz será mañana!. "Su padre es el rey y
algún día Bula Bula ocupará su lugar". Hugo no entendía muy
bien ¿y un tambor le servirá de algo?. "Por supuesto, es la
manera que tienen para comunicarse, aquí no hay teléfono". Esto
fue una sorpresa para Hugo, estaba aprendiendo muchas cosas.
Los Reyes
explicaron a Hugo que mientras en Valencia es verano, en otros países
es invierno y al revés. "Y hablando de frío", dijo Gaspar
riéndose, "te vas a enterar de lo que es frío, proque nuestra
próxima visita es el Polo Norte". En un abrir y cerrar de ojos ya
estaban allí, en una pista de hielo llena de perfectas bolas blancas.
"Son los iglúes, las casas de los esquimales" dijo Melchor.
Hugo estaba
ayudando a Gaspar a meter un bonito trineo en un iglú. Era para Kika,
la niña esquimal de ojos rasgados, que dormía abrazada a su pingüino
de peluche.
Allí en el
Polo Norte no tenían la oportunidad de practicar muchos deportes.
Siempre hacía frío y el paisaje no permitía más deporte que el
esquí y el patinaje.
¿Podemos
quedarnos a patinar un rato?, dijo Hugo. "Imposible",
respondió Gaspar, "Tenemos mucha faena aún". Cuando ya se
iban Hugo miró hacía atrás como despidiéndose del paisaje tan bonito
que había conocido y, justo en ese momento, hubiese jurado que un oso
polar les saludaba, echándoles un beso.
Melchor dijo:
"Hugo, esta vez te toca elegir a ti el sitio donde quieres que
vayamos". Hugo no tardo mucho en decidirse, contestó sin dudar:
"la India".
¿La India?.
Los Magos se quedaron perplejos. Miraron sus listas y Baltasar dijo:
"Lo siento, no tenemos ningún aviso de la India. Allí son muy
pobres y no tienen papel para escribirnos. Además, otros niños no se
acuerdan de ellos en sus cartas... este año no tenemos nada para
ellos". Hugo empezó a llorar, nunca pensó que hubiesen niños, de
cualquier país, edad, color o religión, que se quedaran sin regalos
esa noche tan especial.
Hugo dijo:
"Se me acaba de ocurrir una idea" "Este año he pedido
demasiados juguetes para mí y mis amigos. Tenemos ya muchos juguetes
durante todo el año" ¿No podríamos repartir las cosas que he
pedido entre esos niños pobres?
Los Magos se
sorprendieron por la respuesta y dijeron "Sí, sí
podríamos"... "pero tú te quedarías sin ellas",
agregó Melchor. "No importa" aseguró Hugo, "Yo tengo
muchas cosas y ellos mañana serán felices".
"No hay
más que hablar" dijo Baltasar. "Ya estamos en la India".
Hugo cogió la gran bolsa en la que estaban sus juguetes y los de sus
amiguitos y los fue dejando choza por choza.
Los niños que
contempló dormían sobre el suelo. Algunos tenían unos trapos a modo
de colchón. Con la bolsa vacía se despidió de todos ellos haciéndose
la firma promesa de que todos los años tendrían juguetes, "ya me
ocuparé yo" pensó.
"Has hecho
una gran obra Hugo" dijo Gaspar, "mañana estos niños serán
muy felices". "Venga daros prisa" gritó Baltasar,
"tenemos que volver a Valencia, está amaneciendo y los niños
empezarán a despertar", "Además nosotros aún tenemos que
volver a Oriente" dijo Melchor con una enorme sonrisa.
Hugo sonrió,
había atravesado en mundo en unas pocas horas. En unos segundos
estaría en su cama medio deshecha, sus libros descolocados, sus posters...
y la seguridad de aquellas paredes le hizo bostezar. Asomándose por la
ventana dijo adiós a los Magos.
A la mañana
siguiente, cuando despertó, vió con asombro que su cuarto estaba
cambiado. Tenía que haber sido una pesadilla, pensó Hugo, mirando de
un lado a otro sin entender nada.
Y es que ahí
estaba todo lo que había pedido y que había dejado a los niños de la
India, y muchas más cosas.
Se frotó los
ojos cuando, encima de las zapatillas de deporte nuevas que le habían
traído vio una nota que decía: "Si entregas amor, se te
devolverá por triplicado". Y firmaban: Tres amigos magos.
Pensó en sus
amiguitos y se preguntó si habrían recibido los regalos que les había
pedido. Esto era un lío.
Hugo pensó
que, de todas maneras, el mejor regalo había sido poder acompañar a
los Reyes en esa noche y saltando de la cama empezó a abrir los
paquetes que se extendían por todo el suelo de su habitación.
Desde mi
estrella quiero verte siempre sonreír.
Melchor
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