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Los habitantes de un lejano país eran tan pobres que vivían sin apenas poder comer ni poderse vestir. En cambio, su rey tenía un palacio resplandeciente, rodeado de bellos jardines, en lo alto de una colina. Aquel rey, que poseía todo lo que un hombre puede desear para ser feliz en esta vida, se llamaba midas. Pero su único placer era atesorar monedas de oro. Le gustaba acariciarlas y nunca tenía suficientes. A costa de la miseria de sus súbditos, había reunido una fabulosa fortuna, que guardaba en cofres y sacos. Aquella mañana el rey Midas se dispuso a reanudar la cuenta que iba anotando en un largo pergamino. A costa de la miseria de sus súbditos, había reunido una fabulosa fortuna, que guardaba en cofres y sacos. Aquella mañana, el rey Midas se dispuso a reanudar la cuenta que iba anotando en un largo pergamino. A medida que contaba las monedas las echaba en un cofre abierto que tenía junto a su real mesa. Y sucedió que se le cayó una moneda, y que ésta comenzó a rodar, sin que pudiera darle alcance. La díscola moneda comenzó a saltar escaleras abajo.

- Tengo tengo que alcanzarla - se decía el ambicioso rey. Bajó los escalones de dos en dos detrás de la moneda, hasta que tropezó y cayó rodando escaleras abajo. Cuando, debido al batacazo, el rey Midas veía estrellas por todas partes, de una de ellas salió un duendecillo.

- Puesto que tanto has corrido por una sola moneda -

le dijo el duende al rey

- te daré lo que tú más deseas -

El don que el duende concedío al rey fue éste: que todo lo

que tocarían sus manos se convertiría en oro. Y así pasó. Cuando el monarca fue a sentarse en su trono, éste se convirtió en un trono de oro macizo. Ebrio de felicidad, el rey Midas recorrió su palacio y su jardín. ¡ Todo lo que tocaba se convertía en oro! Y cuando quiso abrazar a su hija, vio con horror que también ella se convertía en una fría estatua de oro. ¿Y los alimentos? ¿Como iba a comer si el vimo, la sopa, la fruta, el cordero, todo se convertía en oro? Cuando más desesperado estaba el ambicioso rey, se le apareció otra vez aquel misterioso duendecillo. El duende había revelado al rey el remedio contra su encantamiento. Fue por ello que tomando un cubo... ... Corrió hasta la orilla del río, se lavó las manos y lo llenó de agua, como el duende le había dicho.  

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