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_DAVID_ C_ |
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- Tengo tengo que alcanzarla - se decía el ambicioso rey. Bajó los escalones de dos en dos detrás de la moneda, hasta que tropezó y cayó rodando escaleras abajo. Cuando, debido al batacazo, el rey Midas veía estrellas por todas partes, de una de ellas salió un duendecillo.
- Puesto que tanto has corrido por una sola moneda -
le dijo el duende al rey
- te daré lo que tú más deseas -
El don que el duende concedío al rey fue éste: que todo lo
que tocarían sus
manos se convertiría en oro. Y así pasó. Cuando el monarca fue a sentarse en su
trono, éste se convirtió en un trono de oro macizo. Ebrio de felicidad, el rey
Midas recorrió su palacio y su jardín. ¡ Todo lo que tocaba se convertía en oro!
Y cuando quiso abrazar a su hija, vio con horror que también ella se convertía
en una fría estatua de oro. ¿Y los alimentos? ¿Como iba a comer si el vimo, la
sopa, la fruta, el cordero, todo se convertía en oro? Cuando más desesperado estaba
el ambicioso rey, se le apareció otra vez aquel misterioso duendecillo. El duende
había revelado al rey el remedio contra su encantamiento. Fue por ello que tomando
un cubo... ... Corrió hasta la orilla del río, se lavó las manos y lo llenó de
agua, como el duende le había dicho.
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_DAVID_ C_ |
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