El Lazarillo de Tormes es una de las obras de la literatura española que plantea más incógnitas: ¿quién la escribió?, ¿cuándo?, ¿con qué intención?...

A través de estas páginas y de las actividades que tendrás que realizar, podrás hacerte una idea de la misma; porque LA VERDAD sobre el Lazarillo de Tormes quizá nunca se descubra...


Información

Lazarillo de Tormes:

1) Ediciones

2) Fecha de composición

3) Autor

4) Estructura

5) Intención y sentido

6) Realismo y modernidad

7) ¿El inicio de un nuevo género?: la novela picaresca.

8) El Lazarillo y el cine

 

1) Ediciones

Las primeras ediciones del Lazarillo son nada menos que cuatro, todas del mismo año, 1554, todas diferentes y todas publicadas en distintos lugares. La simultaneidad de las ediciones es de por sí insólita, y sugiere que los impresores compitieron por poner en el mercado lo que se había revelado como un auténtico bombazo editorial, un superventas literario. El texto de las cuatro ediciones de 1554 presenta numerosas variantes y es preciso admitir, como hacen todos los estudiosos de la obra, que hubo al menos una edición anterior, si no más.

Después de 1554 la fortuna editorial del Lazarillo continúa con sucesivas ediciones, pero tras el súbito éxito, el silencio: en 1559, el Lazarillo es incluido en el Índice de libros prohibidos de la Inquisición, lo que en la práctica paraliza el éxito de la novela. Exceptuando una traducción francesa aparecida en 1560, el Lazarillo no volverá a ser impreso hasta 1573, en una edición expurgada (castigada) al cuidado de Juan López de Velasco, que prescinde de los tratados IV y V y omite aquí y allí palabras y expresiones irreverentes. Lo que los españoles leyeron en adelante fue este Lazarillo castigado. No será hasta 1599 cuando la novela reavive su fama,con cinco ediciones sucesivas pensadas para aprovechar el éxito que disfrutaba el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. Nacía la picaresca, y el olfato de los editores incorporaba el Lazarillo, como miembro de pleno derecho, a la gestación del nuevo género.

2) Fecha de composición

El Lazarillo, pues, llegó a las prensas al filo de la mitad del Quinientos. La pregunta subsiguiente es: ¿cuando se escribió? Las respuestas han sido fundamentalmente dos: la crítica más temprana tendió a situar la composición de la obra hacia 1525-30; desde la década de los 50 del siglo XX, sin embargo, numerosas voces han ido restando valor a esta datación, y han aproximado la fecha de la escritura (hacia 1550) a la fecha de la primera edición 1554.

El emperador Carlos V, retratado por el pintor Cristoph Amberger.

La narración de Lázaro queda enmarcada por dos acontecimientos históricos coetáneos: la desastrosa expedición de los Gelves (1510) en que murió el padre del protagonista (a decir de la madre); y las Cortes que celebró en Toledo el emperador Carlos V, que se corresponden con el momento final en que el pregonero, casado con la criada del Arcipreste, estaba en [su] prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna. Tomando como punto de partida los ocho años que Lázaro declara tener cuando muere su padre, la cronología interna permite calcular que el protagonista ronda los 25 años al término de su relato. Las Cortes de Toledo aludidas serían, entonces, las de 1525, y la novela tuvo que empezar a escribirse después de esta fecha.

Esta datación ha ido dejando de ser convincente a medida que en la novela se descubrían motivos y referencias a realidades posteriores, que aconsejan fechar el momento en que Lázaro pone fin a su historia hacia 1540, y el propio acto de la escritura, por parte del anónimo autor, hacia 1550. Las Cortes toledanas, en principio, bien podrían ser las de 1538-39: a ellas, y no a las de 1525, apunta el continuador del Lazarillo, en la Segunda parte de 1555. En el tratado III, Lázaro alude a la carestía de trigo y a la ordenanza de expulsión de los mendigos forasteros promulgada por el Ayuntamiento de Toledo, y aunque el problema de la mendicidad hunde sus raíces en fechas anteriores, no parece posible entender la situación que relata el Lazarillo si no es a la luz de las disposiciones efectivas adoptadas de 1540 en adelante (se ha señalado 1546, en concreto, como un año en que en Toledo se cuadruplicó el precio del pan, al tiempo que se decretó el castigo de los pobres fingidos). Finalmente, el uso de ciertos términos técnicos de carácter económico impide creer que la obra pudiera redactarse antes de 1540, y hasta la acerca plausiblemente a 1550.

3) Autor

El Lazarillo se publicó anónimo, lo que se puede explicar al menos por dos razones. En primer lugar, la novela contenía contenía numerosas críticas a algunos estamentos de la Iglesia, así que era lógico que el autor no la firmase para evitar represalias. Pero, además, parece que el anonimato tiene razones literarias. Sucede que, a mediados del siglo XVI, se había puesto de moda que algunos escritores publicasen sus cartas personales, en las que podían relatar chismes, explicar su propia vida o dar a conocer historias reales de sus familiares o vecinos. Así que es posible que el autor del Lazarillo ocultase su nombre para que los lectores pensaran que estaban leyendo la autobiografía de una persona real: un tal Lázaro de Tormes que deseaba hacer pública la historia de su vida. Este "engaño" sólo podía funcionar si el autor publicaba su libro sin su nombre.

Contradiciendo la voluntad del novelista, los historiadores de la literatura han trabajado mucho para identificar al autor del Lazarillo. La nómina de posibles "padres" del Lazarillo es extensa, si bien no hay ninguna prueba concluyente para determinar la identidad de su autor. No obstante, la novela da algunas pistas sobre la persona que la escribió. Parece claro, por ejemplo, que el autor era de Toledo o vivía en la ciudad, pues conoce bien la población y sus alrededores. Sin duda era un humanista, es decir, un escritor culto que manejaba con soltura el latín; y es muy probable que fuese fraile o clérigo, pues demuestra una gran familiaridad con la liturgia católica y los Evangelios. Se ha supuesto que pudiera ser un erasmista, pues algunas de las ideas que se expresan en el Lazarillo sintonizan bien con el pensamiento de Erasmo de Rotterdam, influyente filósofo que vivió a caballo entre los siglos XV y XVI y que era muy crítico con la corrupción moral que imperaba en buena parte de la Iglesia. Asimismo, se ha especulado con que el creador del Lazarillo pudiera ser un converso, es decir, un cristiano descendiente de judíos, ya que pone en cuestión el concepto tradicional de la honra que imperaba en la sociedad española del siglo XVI, algo que hacían con mucha frecuencia los conversos.

4) Estructura

La obra consta de de un Prólogo y de siete partes denominadas Tratados.

Texto original

 

Adaptación al castellano moderno publicada por la editorial Vicens Vives (de la que se hacen las citas textuales).

Un lector que sin conocimiento de la obra comience a leer el Prólogo se topará con esta frase Yo creo que es bueno que sucesos tan destacados..., y seguirá leyendo distraídamente, convencido de que ese yo que abre el libro es el del anónimo autor y que el Prólogo es uno de tantos exordios renacentistas, con todos los lugares comunes exigidos por la retórica. Sólo en las últimas líneas descubrirá que quien habla es el propio protagonista "porque se tenga noticia completa de mi persona", que la obra es, por tanto, o pretende ser, una autobiografía.

El Lazarillo se presenta sí como una autobiografía real en la que autor y personaje se identifican. Toda autobiografía es una narración retrospectiva: un pasado que se cuenta y se juzga desde el presente. En el Lazarillo, sólo al llegar al último tratado alcanzaremos el presente del narrador. El protagonista, Lázaro, es sencillamente un pregonero de Toledo que escribe una carta (la propia novela) que hace llegar a un tal Vuestra Merced, en respuesta a la solicitud de información realizada por este (Y pues Vuestra Merced me ruega que le escriba y relate el caso muy por extenso) sobre un impreciso asunto o caso: las habladurías en torno a las relaciones de la mujer de Lázaro con el arcipreste de San Salvador. El caso tiene, por tanto, una importancia fundamental porque es el pretexto para que el personaje cuente su historia. Debido a ello, la novela se estructura desde el final, porque los episodios que en ella se incluyen son seleccionados para explicar el caso.

Los siete tratados que la componen pueden dividirse en dos partes: los tres primeros, más extensos, muestran el aprendizaje de Lazarillo en la adversidad. En los otros cuatro Lázaro empieza a mejorar su nivel de vida.

El protagonista de la novela comienza su andadura sirviendo de forma sucesiva a un ciego, un clérigo y un hidalgo, quienes pertenecen respectivamente a los tres estamentos esenciales de la sociedad del siglo XVI: el pueblo, la Iglesia y la nobleza. Pero los tres tienen algo en común: manifiestan grandes defectos morales que los convierten en tutores poco recomendables para un niño. El ciego es un hombre sagaz e ingenioso pero profundamente mezquino, rasgos que son habituales en los ciegos que aparecen en los cuentos folclóricos. El clérigo de Maqueda, por su parte, es una persona dominada por los pecados de la hipocresía y la avaricia que lleva una vida ruin, mientras que el escudero es un hidalgo que intenta ocultar su realidad de hombre arruinado afanándose en simular que es rico.

Escultura en bronce de Lazarillo y el ciego (Salamanca).

Tanto el ciego como el clérigo y el escudero son personajes que tienen precedentes en la literatura pero están arraigados al mismo tiempo en la realidad social de la España del siglo XVI. De hecho, en aquella época era muy frecuente que los niños sin hogar entraran al servicio de ciegos, clérigos o nobles, pues la ley les exigía que se pusieran bajo la tutela de un adulto. Asimismo, el caso del hidalgo arruinado que simula riqueza era muy usual en el siglo XVI. Sucedía que, por ser miembros de la nobleza, los hidalgos estaban exentos de pagar impuestos, pero para conservar su título de aristócratas tenían que reunir dos condiciones: no trabajar y ser ricos. Así que muchos hidalgos fingían que tenían un patrimonio aunque vivieran en la mayor de las pobrezas a fin de conservar su condición de nobles y no verse obligados a pagar impuestos.

Los tres capítulos iniciales de la novela forman una unidad cuyo núcleo es el hambre. Con cada uno de sus tres primeros amos, Lázaro pasa más necesidad que con el anterior: con el ciego prueba algunos alimentos aunque tenga que valerse del ingenio para conseguirlos, con el clérigo apenas come unas migajas y con el escudero no sólo no recibe comida sino que es Lázaro quien ha de alimentar a su señor. Es decir, en estos tres capítulos el muchacho vive en una extrema pobreza y ha de recurrir a la mendicidad para subsistir. Pero, al mismo tiempo que sufre, Lázaro vive un proceso de aprendizaje: merced a sus experiencias, abandona su inocencia inicial, comprende que hay que ser avispado para sobrevivir, se hace cargo de que en la sociedad de su tiempo conviene guardar las apariencias y asimila que la nobleza no depende de la posesión de un patrimonio sino de la capacidad para fingirse rico.

Tras concluir su proceso de aprendizaje, Lázaro abandona la mendicidad y comienza su ascenso social. En los tratados cuarto a séptimo, el personaje ya no acepta al primer señor que se le ofrece sino que elige por sí mismo a sus amos, entre los que predominan los religiosos. En el tratado cuarto, acompaña a un fraile de la Merced inclinado a la lujuria, figura que enlaza con la tradición de los monjes lujuriosos de la literatura medieval. El narrador no nos explica muchas cosas sobre el personaje, pero deja muy claro que lleva una vida licenciosa. Ahora bien, gracias al fraile, Lázaro se calza por primera vez unos zapatos, lo que supone un punto de inflexión en su itinerario hacia una vida menos pobre. Posteriormente, el protagonista de la novela se pone al servicio de un buldero, es decir, de un predicador profesional dedicado a la venta de bulas ("privilegios con los cuales una persona puede incumplir excepcionalmente una obligación religiosa como la de no comer carne los vierenes de Cuaresma"). Al igual que sus otros amos, el buldero es un mal ejemplo para el protagonista, pues se dedica a estafar a la gente simulando falsos milagros. El propio Lázaro llega a creer en la ficción creada por el buldero, lo que demuestra la ingenuidad del personaje y su incapacidad para la vida picaresca.

A partir del tratado sexto, Lázaro se pone a trabajar. Ejerce primero como aguador al servicio de un capellán, quien lo explota laboralmente, pues le da un sueldo tan mísero que, tras cuatro años de ahorrar sin descanso, Lázaro sólo consigue reunir dinero para comprarse ropa vieja. No obstante, en esas prendas usadas que, objetivamente, son tan poco valiosas, se concentra el sentimiento de prosperidad de Lázaro. El mozo cree que ha ascendido en la escala social porque viste prendas dignas de un hombre de bien: sayo, jubón, capa y espada. Y aún le parece que da un paso más en el camino hacia el ascenso social cuando comienza a trabajar como pregonero de vinos, oficio que, en verdad, durante el Siglo de Oro se consideraba uno de los más viles y menos honrosos. Gracias a este trabajo, Lázaro conoce al arcipreste de San Salvador, con quien cree alcanzar la cumbre de toda buena fortuna.

Ahora bien, lo lamentable es que Lázaro consigue su bienestar material a costa de su degradación moral. Cuando sale de su casa, el personaje es un niño ingenuo y sin malicia. En los tres primeros tratados, se comporta de acuerdo con los valores cristianos y obra como un mendigo ejemplar, pues sólo pide limosna cuando no tiene amo ni dinero, ni alimentos que llevarse a la boca. Incluso da de comer al escudero sin humillarlo, pues lo socorre antes de que él se rebaje a pedirle comida. En cambio, en los cuatro últimos tratados, Lázaro deja de ser caritativo y se envilece para medrar, hasta el punto de que acepta el trato deshonroso que le ofrece el arcipreste de San Salvador. Sucede que el arcipreste tiene una amante y, como tanto la ley civil como los preceptos de la Iglesia prohibían que los clérigos tuvieran relaciones sexuales, decide buscar una forma de ocultar sus amores. Lo que hace es casar a su amante con Lázaro para que nadie sospeche y seguir acostándose con ella en secreto. Y los sorprendente es que Lázaro acepta con agrado ese pacto indignante. ¿A qué se debe su actitud? La respuesta nos la da él mismo: porque al lado del arcipreste y de su amante consigue su bienestar material que de otra forma no estaría a su alcance.

5) Intención y sentido

Como hemos visto en el apartado anterior, la arquitectura de la novela combina una estructura episódica, de naturaleza abierta (la vida del protagonista es la vida de un mozo de muchos amos), con un marco narrativo cerrado que aglutina y da sentido al conjunto: todo lo que se cuenta es lo que Lázaro tiene a bien referir a Vuestra Merced sobre su caso (me pareció conveniente empezarlo desde el principio, para que se tenga noticia completa de mi persona). Entender el Lazarillo, en consecuencia, pasa por entender quién es Vuestra Merced y cuál es el caso.

Hace ya décadas que las diversas hipótesis sobre estos dos principios constituyentes de la novela cristalizaron en dos posturas básicas, respaldada cada una de ellas por los dos grandes lazarillistas: Francisco Rico y Víctor García de la Concha.

Rico centró su atención sobre el caso que Vuestra Merced demandaba conocer por extenso al inicio del relato, y lo identificó con el episodio final de la carta de Lázaro, esto es, con los rumores que hacían de la mujer del pregonero barragana del Arcipreste (Hasta el día de hoy nunca nadie nos ha vuelto a oír discutir sobre el caso). Leída sin perder de vista el final, la epístola a Vuestra Merced adquiere un significado hasta entonces inadvertido: Lázaro recurre a la narración pormenorizada de su triste y difícil existencia con el propósito de exculparse, de justificarse, de exponer las razones que le han llevado a aceptar de buena gana su comprometida situación conyugal. Porque no debe olvidarse que el caso de Lázaro, el "ménage à trois" que se adivina en el tratado final y que amenaza con destruir su "prosperidad", era jurídicamente punible: no solo en tanto que existía adulterio y se veía envuelto en él un miembro de la comunidad eclesiástica, sino en tanto que eran asimismo castigables "los maridos que por precio consintieren que sus mujeres sean malas de cuerpo". Interpretado desde la propuesta de Rico el Lazarillo es la respuesta a una pesquisa o requisitoria de tipo legal, planteada por un Vuestra Merced que tiene derecho a pedir cuentas al cornudo pregonero. Se ha sugerido, en esta dirección, que Vuestra Merced pudiera ostentar algún cargo relacionado con la justicia civil o eclesiástica (como juez se le representa en la película Lázaro de Tormes de Fernando Fernán Gómez, 2001) o con el concejo toledano (puesto que Lázaro está en posesión de un oficio real, lo que es tanto como decir que trabaja, salvando todas las distancias, como "funcionario").

La visión de García de la Concha es sustancialmente diferente. En su opinión, el caso del comienzo y el del final no son necesariamente el mismo y tampoco el caso del tratado séptimo es el verdadero motor de la novela. Por dos razones a) la primera es que la situación matrimonial de Lázaro, aún siendo irregular, y hasta ilegal, era corrientísima, tolerada socialmente, banal, y no tendría sentido que un amigo y servidor del Arcipreste hurgase en ella pidiendo informaciones al marido, en lugar de dirigirse directamente al clérigo; b) la segunda razón es que cuando Lázaro escribe, el caso estaba ya resuelto: el Arcipreste se había puesto legalmente a salvo casando a su manceba, y el pregonero había puesto paz en su casa, rechazando vehementemente las acusaciones vertidas por las malas lenguas y atajando con ello las posibilidades de ser denunciado como cornudo consentido. La prosperidad de Lázaro, pues, no se encuentra en peligro, y el auténtico caso es el relato de la consecución de la prosperidad. Un examen de los mecanismos de la narración lleva a García de la Concha a concluir que el propósito de Lázaro no es defenderse de ninguna acusación, sino realizar una cumplida ostentación de su proeza social: el caso de Lázaro es un caso de fortuna, un ejemplo de cómo, así lo formula en el prólogo, puede sobrevivir un hombre expuesto a tantas desgracias, peligros y adversidades, y de cómo hay quienes, con la suerte en contra, pero remando con fuerza y maña, llegaron a buen puerto. Obviamente,el episodio final, sobre el que surjen aún en Toledo hablillas maledicentes (que Lázaro prentende apabullar con su particular probanza de méritos), obliga al lector a contemplar irónicamente los supuestos logros sociales de Lázaro.

Sea cual sea el enfoque que se adopte en relación con Vuestra Merced y el caso que motiva en última instancia la narración, el sentido del Lazarillo depende aún de otro posicionamiento: el que tiene que ver con la honra del protagonista. La de Lázaro es, sin duda, la historia de un ascenso social, pero sobre ese ascenso se proyecta de manera ineludible, por cuanto que en torno al matrimonio de Lázaro (y en general a su prosperidad) gravita la sospecha de la infamia, una mirada moral. La novela pone el dedo en la llaga de una cuestión ampliamente debatida en el Renacimiento: la pugna entre la honorabilidad o nobleza social, y la honradez o nobleza de espíritu. Preguntas como ¿es lícito ascender en la escala social? o ¿puede un hombre virtuoso equipararse en honra o nobleza a un noble de linaje?, son el telón de fondo sobre el que se recorta el núcleo argumental del Lazarillo.

La lectura más extendida de la novela hace de Lázaro un individuo moralmente degradado, producto de una sociedad igualmente degradante. Lázaro ha medrado sí, se ha arrimado a los buenos y ha dejado atrás la miseria material, pero su promoción social corre pareja a su envilecimiento como persona, a su miseria moral. Si nos atenemos a la interpretación judicial de Rico, es posible considerar a Lázaro una "víctima del sistema": su "prosperidad", la única viable para un individuo de su categoría, es ilusoria, precaria, humillante, le obliga a pregonar los delitos de seres desfavorecidos que podrían ser él mismo, y a tolerar y aún disculpar el peso de sus cuernos; si por el contrario se admite la tesis de García de la Concha, la degradación es todavía mayor: al final de la novela, Lázaro, que no se ve a sí mismo como un desheredado, sino como uno más de los buenos, asume su cinismo y su indignidad para seguir medrando al amparo de señores y amigos de idéntica calaña (el Arcipreste o Vuestra Merced).

Finalmente, es interesante destacar el fuerte anticlericalismo del Lazarillo. Así, varios de los amos que han pervertido a Lázaro son miembros del clero: un clérigo egoísta y avaricioso, un fraile mercedario mujeriego, un buldero que se dedica a estafar al pueblo, un capellán explotador y un arcipreste amancebado que profana el sacramento del matrimonio al utilizarlo para disimular sus vicios. El desprecio del autor por este estamento se manifiesta, si no estuviera implícito en el texto, en dos frases lapidarias: si no nos sorprende que un clérigo o un fraile hurten a los pobres de la parroquia o al convento para mantener a sus devotas y a su descendencia, cómo ha de extrañarnos que a un pobre esclavo el amor le animara a hacer lo mismo; y no sé si era tacaño por naturaleza o si le había hecho tacaño el hábito de clerecía.

Este anticlericalismo no pasó desapercibido a la Inquisición, que en 1559 prohibió la publicación del Lazarillo. El libro volvió a imprimirse de nuevo a partir de 1573, pero a partir de entonces llegó a los lectores en una versión censurada de la que se habían eliminado las frases religiosas irreverentes y dos capítulos completos: el del fraile de la Merced y el del buldero.

6) Realismo y modernidad

En el Lazarillo es notable la presencia de datos tomados directamente de la realidad: lugares y y referencias geográficas diversas (el río Tormes, el toro de piedra que presidía el puente de Salamanca, la riqueza de vinos de la comarca de Almorox, los soportales de Escalona, Toledo); personajes de la vida social de la España del siglo XVI (niños huérfanos que piden limosna o sirven como mozos, ciegos, hidalgos pobres, pregoneros, clérigos amancebados); alusiones frecuentes a problemas de la época o referencias históricas concretas (la expedición naval de los Gelves, las cortes que celebra Carlos V en Toledo).

El río Tormes a su paso bajo el puente romano de Salamanca

En una calle de Escalona: azulejos que recuerdan la venganza de Lázaro.

El "toro" de piedra contra el que el ciego golpea a Lázaro. En realidad, un verraco situado a la entrada del puente romano de Salamanca.

Fachada de la iglesia de San Salvador en Toledo.

Visión de Toledo en 1598.

Los hechos se cuentan como si en verdad hubieran ocurrido, como si de datos históricos incontrovertibles se tratara. Las fronteras entre realidad y ficción se diluyen y, con ello, el autor del Lazarillo da un importantísimo paso hacia la creación de la novela moderna, al proponer que la novela sea leída como si de una historia real se tratara, como si fuera verdad.

El Lazarillo es, pues, uno de los puntos de partida de la novela realista europea. Otro rasgo fundamental corrobora la enorme importancia de esta novela en la constitución del nuevo género literario: es característica de la novela moderna que los personajes se vayan haciendo y modificando a la par de las circunstancias de su vida, no son seres inmutables, sino seres vivos. Pues bien, este rasgo se encuentra también en el Lazarillo, cuyo protagonista va cambiando desde el principio al fin de la obra: el Lazarillo niño es muy distinto del Lázaro adulto.

7) ¿El inicio de un nuevo género?: la novela picaresca.

El modelo de relato propuesto en el Lazarillo fue tan innovador que resultó difícil de asimilar y continuar. Casi medio siglo tardará en aparecer una novela que comparta algunos rasgos con el Lazarillo. Se trata de la Primera parte de la vida de Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, publicada en 1599. A la zaga de su enorme éxito, se volvió a reeditar el Lazarillo, que alcanzó por entonces sus más altas cotas de popularidad. En efecto, nueve semanas más tarde de la publicación de la novela de Alemán salía a la luz pública, en la imprenta de Luis Sánchez, avispado editor que se dio cuenta de la relación genérica que existía entre ambas novelas; y en el corto período de cuatro años se estamparon nueve ediciones de la obra anónima, tantas como había registrado durante 45 años.
No sólo editores y lectores percibieron con nitidez la noción del nuevo género narrativo ligada a los dos relatos, sino también, claro es, los escritores, a juzgar por la famosa cita que Cervantes puso en boca de Ginés de Pasamonte en el Quijote de 1605: "Mal año para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquél género se han escrito o escribieren".
Esta frase cervantina, junto con el hecho de que el Lazarillo, olvidado a poco de su aparición primera, gozara su momento de mayor aceptación justo a continuación del Guzmán, es la prueba más palpable de que:

- el inicio de la novela picaresca, como tal género literario, corresponde verdaderamente a los comienzos del siglo XVII, y no a mediados del XVI, fecha de publicación del Lazarillo.

- los lectores, libreros y autores sintieron como creadores e iniciadores del nuevo género a los dos relatos simultáneamente.

Así pues, podemos decir, con el profesor Fernando Lázaro Carreter que:

La novela picaresca surge como género literario no con el Lazarillo, no con el Guzmán, sino cuando éste incorpora deliberadamente rasgos visibles del primero.

Estos rasgos son:

1º) la autobiografía de un desventurado sin escrúpulos narrada como una sucesión de peripecias;

2º) la articulación de la autobiografía mediante el servicio del protagonista a varios amos como pretexto para la crítica; y

3º) el relato como explicación de un estado final de deshonor.

8) El Lazarillo y el cine

En el año 2001 Fernando Fernán Gómez dirigió una versión cinematográfica del Lazarillo titulada Lázaro de Tormes. En ella, un maduro Lázaro de Tormes se ve en la obligación de demostrar ante la Justicia que su forma de vida a lo largo de treinta años se debe a la necesidad de escapar del hambre y no al deseo de cometer delitos. A lo largo de su encendida declaración mezcla pasado, presente y futuro con la intención de divertir al auditorio; tejiendo al mismo tiempo un tapiz de tipos y costumbres de la época y con igual socarronería a clero, poder y pueblo.

Dirección: Fernando Fernán-Gómez y José Luis García Sánchez.
País: España.
Año: 2000.
Duración: 97 min.
Interpretación: Rafael Álvarez el Brujo (Lázaro), Karra Elejalde (Arcipreste), Beatriz Rico (Teresa), Francisco Rabal (Ciego), Manuel Lozano (Lazarillo), Agustín González (Machuca), Manuel Alexandre (Escribano), Francisco Algora (Ventero), Álvaro de Luna (Calderero), Juan Luis Galiardo (Alcalde), Emilio Laguna (Fray Gabriel), José Lifante (Clérigo), Tina Sainz (Mujer en el mercadillo), José Alias (Relator).
Guión: Fernando Fernán-Gómez.
Producción: Andrés Vicente Gómez.
Música: Roque Baños.
Fotografía: Javier Salmones.
Montaje: Pablo G. del Amo.
Dirección de producción: Carmen Martínez.
Dirección artística: Luis Ramírez.
Vestuario: Javier Artiñano.
Maquillaje: Juan Pedro Hernández.
Peluquería: Esther Martín.
Efectos especiales: Reyes Abades.
Sonido: Miguel Rejas.