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Para que se vea
el ingenio de este astuto ciego,
contaré un caso de los muchos que con él me acaecieron, en el cual me parece dio
bien a entender su gran astucia.
Cuando salimos de Salamanca, decidió venir a
tierra de Toledo. Porque decía que la gente era más rica, aunque no muy
limosnera. Se acogía a este refrán: "Más da el duro que el desnudo"... Acaeció
que, llegando a un lugar llamado Amorox al tiempo que cogían las uvas,
un vendimiador le dio un racimo de ellas en
limosna. Y como suelen ir los cestos
maltratados, y también porque la uva en aquel tiempo está muy madura, se le
desgranaba el racimo en la mano y si se lo echaba en el fardel se tornaba mosto.
Acordó de hacer un banquete,
así por no poder llevarlo como por contentarme: que aquel día me había dado
muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar y
dijo:
-Agora quiero yo usar contigo de una libertad, y es que ambos comamos este
racimo de uvas y que hayas de él tanta parte como yo.
Partirlo hemos de esta manera : tú picarás una
vez y yo otra, con tal que me prometas
no tomar cada vez más de una uva. Yo haré lo mismo hasta que lo acabemos, y de
esta suerte no habrá engaño.
Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego del segundo lance, el traidor mudó
propósito, y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debía hacer lo
mismo. Como ví que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él;
más aún pasaba yo adelante;
dos a dos y tres a tres, y como podía las comía.
Acabando el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano, y meneando la
cabeza, dijo:
-Lázaro: engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas de tres en
tres.
-No comí- dije yo -;mas, ¿por qué sospecháis eso?... Respondió el sagacísimo
ciego:
-¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres?. En que
comía yo dos a dos y tú callabas.

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