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Entre 1933
y 1945, seis millones de los míos fueron asesinados. Unos murieron de un tiro.
Otros murieron de hambre. Y otros muchos murieron en hornos crematorios o
asfixiados en cámaras de gas.
Nací en 1944. No sé mi fecha exacta de nacimiento. No sé
qué nombre me pusieron. No sé en qué ciudad o en qué país vine al mundo. Tampoco
sé si tuve hermanos. Lo que sé con certeza, es que cuando apenas tenía unos
meses me salvé del Holocausto.
Muchas veces trato de imaginar como sería la vida de mi
familia durante las últimas semanas que pasamos juntos. Me imagino a mis padres
despojados de cuanto poseían, obligados a abandonar su casa y forzados a vivir
en un gueto.
Quizá después nos trasladaron a otro lugar. Mis padres
debían estar ansiosos por abandonar aquella zona de la ciudad cercada con
alambres de espino en la que habían sido recluidos. Querrían huir del tifus, del
hacinamiento, de la suciedad y del hambre. Pero, ¿se imaginaban donde iban a
acabar? ¿Les habían dicho que los llevarían a un lugar mejor? ¿Un lugar donde
hubiese comida y trabajo? ¿Habían oído hablar de los campos de la muerte?.
Me pregunto qué sintieron mientras eran conducidos como un
rebaño a la estación de ferrocarril junto con otros cientos de judíos. De pie.
Apiñados en un vagón para ganado. ¿Tuvieron miedo al oír el golpe seco del
cerrojo de la puerta?.
Seguramente el tren fue de pueblo en pueblo, atravesando
hermosos paisajes, extrañamente ajenos al terror. ¿Cuántos días estuvimos en el
tren? ¿Cuántas horas estuvieron mis padres soportando aquel hacinamiento?.
Me imagino a mi madre acurrucándome entre sus brazos para
protegerme del hedor, de los llantos y del miedo que había dentro de aquel
vagón. Sin duda, en ese momento ya sabían que no nos dirigíamos a un buen lugar. |