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Desde 1933 hasta 1939, el partido nazi, los
organismos gubernamentales, los bancos y los comercios aunaron sus esfuerzos
para eliminar a los judíos de la vida económica. Aquéllos que no pertenecían a
la raza aria no tenían derecho a ocupar cargos en la administración, y los
abogados y médicos judíos perdieron a su clientela aria. Algunas empresas judías
se disolvieron, otras fueron confiscadas por el Estado o vendidas a un precio
inferior a su valor a otras compañías que no pertenecían a miembros de la
comunidad judía ni eran dirigidas por ellos. La transferencia contractual de
empresas judías a los nuevos propietarios alemanes recibía el nombre de ‘arianización’.
Los ingresos procedentes de las ventas, así como los ahorros de los judíos
estaban supeditados a impuestos especiales. Los empleados judíos de los negocios
disueltos o arianizados perdían sus puestos de trabajo. El objetivo que se proponía el régimen nazi
era la emigración de los judíos. En noviembre de 1938, después de que un joven
judío asesinara a un diplomático alemán en París, todas las sinagogas de
Alemania fueron incendiadas, se destrozaron los escaparates de los comercios
judíos y se arrestó a miles de ellos. Este suceso, conocido como la Noche de los
cristales rotos (Kristallnacht), fue la señal para que la población judía
de Alemania y Austria abandonara estos países con la mayor rapidez posible.
Varios cientos de miles de judíos encontraron refugio en otras naciones, otros
muchos, con menos posibilidades económicas, permanecieron para hacer frente a un
futuro incierto.
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